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¿Con qué acompañas el queso?

Te damos los mejores trucos para conseguir fantáticos resultados sin esfuerzo

Queso y... ensalada

Frescas, saludables, sencillas de preparar y con mil posibilidades… El mundo de las ensaladas se ha impuesto con fuerza en nuestra cocina, sobre todo en verano. Nada más apetitoso y refrescante para comenzar una comida, como acompañamiento o como plato único. Con la aportación imbatible del queso fresco, la ensalada más sencilla se convierte en un manjar. Queso fresco y ensalada conforman una apuesta segura para acertar en los menús veraniegos.

La tradición mediterránea de las ensaladas se remonta hasta la época del imperio romano y se ha mantenido hasta nuestros días. Su nombre deriva del verbo arcaico italiano insalare, agregar sal. El origen de la ensalada es remoto e incierto pero ya el naturista latino Plinio el Viejo descubre, en el siglo I, que los vegetales se pueden comer crudos, mezclados con aceite, vinagre y sal. A la mezcla se le llamó acetaria, sin duda el primer antecesor del disfrute de la ensalada.

Pero no es hasta el siglo XV cuando aparece en Italia lo que hoy conocemos propiamente como ensalada. De allí, su consumo se extendió por todo el Mediterráneo y allende los mares.

El queso fresco, por su parte, se utilizó también desde tiempos muy remotos como una forma de conservar la leche, un alimento básico en la dieta mediterránea. En la actualidad, existen diferenteS tipos de queso fresco, adaptados a los gustos de cada país, pero con el denominador común del color blanco y del sabor suave, ligero y refrescante. Aunque mayoritariamente se elaboran con leche de vaca, los quesos frescos de leche de cabra están conquistando un nuevo mercado.

El maridaje entre dos productos tan fundamentales en la dieta mediterránea fue casi inevitable. Pronto el queso fresco se incorporó como ingrediente a las ensaladas para ofrecer su delicado sabor y su valor nutritivo.

¿Las claves de una buena ensalada? La frescura es fundamental, por lo que conviene elegir hortalizas de temporada. Buscar el contraste de texturas y un adecuado equilibrio cromático son otros factores decisivos, junto con la elección del aliño.

¿El mejor aliño? Sin duda, el aceite de oliva virgen extra, aunque conviene usar variedades que no le resten sabor. Hojiblanca, arbequina e incluso un picual suave son las más adecuadas. El vinagre de vino blanco o tinto es el más utilizado en España, aunque toman fuerza posibilidades más aromáticas como el vinagre de Jerez o sidra o el balsámico de Módena.

¿Qué vino elegir? Los aromas a flores y a frutas veraniegas nos dan la clave. Tintos ligeros y poco tánicos, preferentemente de regiones vinícolas tibias o frías. Blancos afrutados y con un punto de acidez, para refrescar el paladar. Cavas o espumosos, para aportar un toque burbujeante. Vinos fáciles de beber que deben servirse fríos.

Un truco: para aliñar correctamente una ensalada primero la sal, con moderación, luego el vinagre, con tacañería, y por último el aceite, con generosidad. La frescura es el principal atractivo de una ensalada por lo que el aliño debe incorporarse casi en el momento de servir. Esta norma sólo varía en el caso de la coliflor, la lombarda o el repollo que necesitan macerar en el aliño.


Sugerencias

  • La ensalada César es una apuesta segura. Una receta muy internacional que combina el sabor del queso parmesano con lechuga, ajo y huevos duros, aderezada con limón, aceite, pimienta y salsa Worcesteishire.
  • Todo el sabor mediterráneo en una ensalada griega de tomate, pepino, cebolla, queso fetta cortado en dados y aceitunas negras, aderezado con aceite de oliva y vinagre.
  • ¿Una sorpresa para la vista y el paladar? Dados de queso de Mahón, rebozados y fritos, para aportar un toque de sabor y originalidad a una ensalada de lechuga, tomate, zanahorias y huevos cocidos.
  • La propuesta más sencilla es a veces la más sabrosa. Una ensalada de tomate, Burguitos de Burgo de Arias y perejil picado es una explosión de frescura y suavidad, con inequívoco aroma de verano.